Primeras palabras del día

Fue lo primero que vi al despertar… A ella, tumbada junto a mi. Mirándome, y sonriéndome. Al verme abrir los ojos, a Margarita se le iluminó la cara, acercó su sonrisa a mis labios, para que la besara y me miró divertida.

-Cuando duermes pareces un niño bueno

Estaba preciosa. La luz del día entraba por la ventana, y hacía brillar su cabello rojizo. Puso la cabeza sobre mi pecho, y con una mano empezó a acariciármelo. Creo que llevaba bastante tiempo despierta, acariciándome así. Margarita canturreaba mientras se tumbaba sobre mi cuerpo y me abrazaba. Yo la envolví en mis brazos y nos apretamos.

-Buenos días -me saludó- Hoy no tenemos prisa ¿verdad?

Yo nunca quiero tener prisa contigo Margarita. Me gusta mirarte al despertar, tocarte y sentir que me tocas. Me gusta iluminar mis mañanas con tus ojos verdes saludándome, mis luceros del alba. Me gusta escuchar las primeras palabras del día de tu boca, mientras te abrazo.

Iba a devolverle el saludo, cuando ella puso su mano en mi boca, se irguió y me besó.

-No, no hables es muy temprano.

Sonreí divertido ¿tú si puedes hablar? Ella sembró de besos mi cara. No dejó tierra sin cultivar. Me imaginé que sobre cada beso crecía un arbolito cuyos frutos eran más besos. Después de sembrar en mi cara siguió sembrando en mi cuello. Me miró, divertida.

-Esta mañana eres mío. No te vas a ningún lado.

¿Y quien quiere irse? Me erguí y la giré hasta dejarla tumbada bocarriba. Y la besé yo. Quise entrar en su boca y perderme en ella. Mientras mis manos acariciaban sus hombros, sus brazos, saludaron a sus pechos. Mi beso aspiró sus labios, uno a uno, centímetro a centímetro… Y un momento después la miré. Ahora el rubor encendía sus mejillas. Ya no sonreía y su cuerpo se movía inquieto.

-No pares de besarme -y tomó mi cabeza llevando de nuevo mi boca a la suya.

Dulce despertar entre tus brazos. Margarita me besaba, su cabello desparramado sobre la almohada, cobre brillante, formando una alfombra para su cabeza. Mis manos se deslizaron por detrás de sus hombros y recorrieron su espalda, abriendo un espacio entre su piel, y el lecho.
Mi cuerpo sobre el suyo, respondía ahora a su cercana presencia. Su boca se abría pidiendo besos, como la de un polluelo en el nido, pidiendo más alimento…
Fue entonces cuando decidí tomar posesión de todo el territorio. Mi boca, sin dejar de besar, recorrió su mentón, sus mejillas, y se deslizó cuello abajo. Con mis labios pulsé los botones del gemido que hay en su cuello. Los conozco. Sé cómo pulsarlos. Aunque cada mañana son nuevos, alguien los puso ahí para mi. Sus manos hacía tiempo que acariciaban mi espalda, mis nalgas, mis hombros, ahora subían y bajaban nerviosas, sin poder parar. A ella le gusta apretar los músculos de mi espalda cuando está así, mientras sus piernas tiemblan nerviosas. Ahora las acaricio. Sus muslos. Sin ropa…

Un buen conquistador, tiene que ser implacable, y paciente. Avanzar poco a poco por el territorio, asegurando el control, no dejándose llevar por el éxito inicial y atacar directamente la capital. Es mejor visitar cada ciudad, y rendirla, despacio, y dejar la guinda para el postre. Por eso mi boca siguió avanzado, tras conquistar las fortalezas de su cuello y dejarlas en llamas, llegué hasta la llanura que precede a los montes rosados, llamados así el color de las cimas. Es sabido que quien conquiste ambos montes, tiene en su mano la llave de la ciudad capital, y todo el país a su merced. Sin embargo hay aún toda una llanura con frutos en el camino.. Mientras los efectivos de mi boca aspiraban provocando terremotos, monte arriba, mis manos tomaban las suyas, las apretaba, acariciaban su rostro, sus orejas y su pelo, acariciaban sus caderas, sus piernas, hasta donde llegaban mis brazos, y amenazaba con entrar en la capital en vuelos cada vez más rasantes, más atrevidos… más húmedos… Nace un río, la ciudad está lista para que mis fuerzas entren y tomen posesión… Pero aún no ha acabado. Cuando mi boca alcanzó la cima de uno de los montes rosados, ella tembló y no pudo más… Una de sus manos tomó mi lanzadera y la encontró hermosa, turgente, desmedidamente caliente. La apretó y trató de hacerla entrar en Palacio. Pero yo soy quien manda en esta batalla. Nerviosa, sus caderas se agitaban, sus rodillas temblaban bajo las mías, y entonces sentí la envidia. El otro monte rosado también quería ser poseído. Uno de ellos caliente en mi boca, y el otro con envidia, ganas, necesidad de ser cubierto. Lo envolví en besos y lo tragué. Margarita me miró. Sus gemidos eran más fuertes, y sus mejillas estaba coloradas. Sus ojos me suplicaban. Pero todo vale en el amor y en la guerra, la tortura está permitida, y el más fuerte es el que somete. Ahogué sus gemidos en mi boca, y ella se perdió dentro de ella. Cuando mi lanzadera entró por fin en Palacio, Margarita dejó mi beso para abrir la boca, tomar aire y lanzar una llamada. Todo su cuerpo se estiró, y con sus piernas rodeó mis caderas para que nada pudiera alejarlas de ella, las atrajo más adentro, con desesperación… Ella era todo gritos, todo gemidos y temblores. Ella me recibía y yo me entregaba a mil premios…

-Buenos días Margarita -por fin hablé, mis primeras palabras del día- Buenos días, luz de mis días.

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